Al desnudo


6 de febrero, 2017
Denise Dresser

Cuando baja la marea descubrimos quién no trae el traje de baño, dice el columnista de The New York Times, Tom Friedman. Las crisis son como ese mar que se retira, revelando la playa a su paso. Y he allí México desnudo, sin cobertura, sin sombrero, sin pareo, sin algo puesto para nadar en aguas agrestes.

Este momento tumultuoso nos planta de frente ante el mundo y nosotros mismos. Un país que no ha logrado reformarse, modernizarse, fortalecerse lo suficiente como para resistir la amenaza de muros y telefonazos y más tormentas por venir. Un país desnudo. Un país enfermo. Porque no puede clasificarse de otra manera una nación que permite la sustitución de quimioterapia por agua para niños con cáncer en Veracruz.

México, víctima de un sistema de salud pública en el que importa más el enriquecimiento personal que el bienestar nacional. En el que la prioridad es ascender y no curar. El gobierno comprando pruebas sin autorización sanitaria para la detección del VIH. El gobierno reconociendo que medicamentos comprados por toneladas ya caducaron. El gobierno finalmente admitiendo la emergencia epidemiológica por obesidad y diabetes, después de una política pública que fracasó para combatirlas. La sociedad civil protesta -y con razón- ante el gasolinazo, ante Trump, ante los escándalos casi cotidianos de corrupción. Pero a lo largo del país algo aún más grave ocurre. Mexicanos están muriendo, pero no por balas sino por negligencia. No por confrontaciones con los cárteles, sino por conflictos de interés entre las autoridades sanitarias y las industrias que deberían regular.

Y en lugar de claridad, serenidad y responsabilidad vemos una guerra de palabras entre autoridades a distinto nivel. El secretario de Salud contra el gobernador de Veracruz. La Cofepris negando medicamentos falsificados pero exhibiendo medicamentos caducados. La salud de miles de niños puesta en juego por personas más preocupadas por un cálculo electoral o un daño reputacional. Preguntas urgentes, sin respuestas satisfactorias: ¿Quién vigila la tasa de supervivencia de los niños supuestamente afectados por medicamentos falsificados o agua destilada? ¿Cómo se comparan los niños tratados en Veracruz con los menores en otros estados? ¿Dado que son medicamentos de patente, alguien le ha preguntado a la industria correspondiente si en efecto fueron vendidos a Veracruz? ¿Por qué José Narro, el secretario de Salud, niega mucho pero explica poco? ¿Por qué permitimos que la salud sea usada como bandera política? ¿Quién nos arrebató el traje de baño y nos dejó sin protector solar?

Este año llegamos a casi 100 mil muertes prematuras por diabetes y obesidad. Por el consumo de refrescos y azúcares y alimentos chatarra. Por autoridades coludidas con industrias que los producen. Luego de tres años desperdiciados desde el lanzamiento de la Estrategia Nacional Para la Prevención y el Control del Sobrepeso, la Obesidad y la Diabetes. Muy pocos avances, muchas ganancias. Muchas campañas de información, muy poca comprensión sobre lo etiquetado en los productos industrializados. Porque en el fondo, el problema es político. La salud, como tantos otros ámbitos, ha sido corrompida por la cooptación. Por la forma en que las grandes industrias ponen a su servicio a los pequeños funcionarios. Funcionarios que han permitido y solapado y encubierto lo que realmente pasa con el VIH y el Zika y la obesidad y la diabetes y los medicamentos caducos y los tratamientos falsos. Funcionarios que ignoran los lineamientos de la OMS, cuando contravienen los intereses de empresas para las cuales en realidad trabajan.

Autoridades de salud como el subsecretario de Prevención y Promoción Pablo Kuri, peón de la industria de comida chatarra, la industria refresquera, la industria farmacéutica. Kuri, el que ahora aspira a dirigir -con la protección y promoción de Narro- el Instituto Nacional de Salud Pública. Para desde allí pervertir la Encuesta Nacional de Salud, una de las pocas investigaciones independientes sobre un sector poco transparente. Para desde allí restarle independencia y credibilidad a una institución que se precia de ambas. Momento entonces de exigir que frente la desnudez nacional, el sector salud haga lo que le toca. Proteger. Cuidar. Prevenir. Sanar. Ponerle el traje de baño a nuestros niños para que naden con vigor en vez de morir por cáncer o diabetes.